La huella del vino: Pincelada histórica

    

La historia del Vino de Jerez se remonta al tiempo de los Fenicios, pueblo de comerciantes originario del extremo este del Mediterráneo (al actual Líbano), quienes hacia el siglo IV a.C. antes de nuestra era fundaron la que es considerada como la ciudad más antigua de Europa occidental: Cádiz.

No lejos de Cádiz fundaron los fenicios algunos siglos más tarde otro asentamiento, llamado Xera, que constituye la primera referencia a lo que hoy denominamos Jerez. En las proximidades de la actual ciudad de Jerez, en la carretera de El Portal se descubrieron hace algunos años unos lagares fenicios en el Poblado de "Las Cumbres" en Doña Blanca, que demuestran la existencia de una industria vinícola desde el año 700 a.C.
 


 

Durante los siglos posteriores, la presencia de griegos, cartagineses y romanos no hizo sino desarrollar aún más la industria vinícola local.

Sin duda, fue con la dominación romana, que da comienzo en el s. II a.C., cuando los vinos de “Ceret” comienzan a ser auténticamente conocidos y apreciados fuera de nuestras fronteras.

No solamente en Roma, sino también en otros lugares del Imperio tan alejados de la metrópoli como las propias Islas Británicas, se han descubierto ánforas romanas con las inscripción “Vinum Ceretensis” (por motivos fiscales, las ánforas de transporte se grababan con la referencia de la mercancía correspondiente).

La dominación árabe da comienzo en el año 711 y, en el caso de Jerez, se prolonga durante más de cinco siglos. Se trata de un período especialmente interesante de nuestra historia; mientras que el resto de Europa se encuentra sumida en la más oscura Edad Media, en la España musulmana florece el arte y la cultura: científicos, filósofos, artistas, etc.

A pesar de la prohibición coránica, la producción de pasas y de alcohol sirvieron de excusa para el mantenimiento de la industria vitivinícola. Además, los escritos de la época nos demuestran el consumo de vino por parte de cierta élite cortesana.



Etapa Cristiana

Tras la reconquista de la ciudad por el rey Alfonso X, en 1264, comienza un período tumultuoso para la ciudad de Jerez y todo su entorno. La vida en la frontera entre los reinos cristiano (Castilla) y musulmán (Granada) supone largos años de violencia, así como también períodos de pacíficos intercambios comerciales. La ciudad, rebautizada como Xeres, recibe como otras muchas poblaciones de la región el sobrenombre “de la Frontera”.

Desde el mismo momento de la Reconquista, las autoridades cristianas protegen y fomentan la industria vinatera local, que a pesar de las numerosas vicisitudes, crece de forma considerable.


Como en el caso de otras muchas regiones vinícolas históricas, nuestro vino se desarrolla en gran medida gracias a su proximidad a importantes puertos de mar. El vino era por aquel entonces una parte esencial en el avituallamiento de las naves: como alimento de la tripulación, como paga en especie, como forma de prevenir el escorbuto, y además como lastre ideal ya que los barriles se rellenaban de agua a medida que se consumía el vino. Participa así el Vino de Jerez en algunas de las expediciones históricas de la época: el segundo viaje de Colón a América, la primera vuelta al Mundo de Magallanes…


El desarrollo de la actividad vinícola a lo largo del s. XVIII se ve limitado en gran medida por las restrictivas reglas de funcionamiento del Gremio de la Vinatería. Dominado por los viticultores, el Gremio prohibía expresamente en sus ordenanzas la posibilidad de almacenar vinos de distintas cosechas, lo que hacía imposible envejecer los vinos. En consecuencia, los caldos que se exportaban eran siempre vinos jóvenes del año, fuertemente fortificados, al objeto de preservarlos para el viaje.

 

A lo largo de todo el siglo se van estableciendo en la región numerosos comerciantes extranjeros que, junto con los “extractores” (comercializadores) locales comienzan un largo pleito que habría de terminar, ya en el s. XIX, con estas normas tan restrictivas.

La definitiva abolición del Gremio de la Vinatería supuso un fuerte impulso para la producción y el comercio de vinos y, lo que es más importante, una conformación definitiva de la identidad de los vinos del Marco. La posibilidad de almacenar vinos de diferentes cosechas y la necesidad de abastecer al mercado con una calidad estable da lugar a una de las aportaciones fundamentales de la vinatería jerezana: el sistema de soleras.

Por otra parte, al prolongarse el tiempo en el que el vino se mantenía en las barricas o botas, la fortificación pasa de ser un mero medio de estabilización a convertirse en una práctica enológica; la adición de aguardiente vínico en distintas proporciones da lugar así a la amplia tipología de vinos de Jerez que hoy conocemos.