Catedrales del vino

    

LAS BODEGAS PORTUENSES, CATEDRALES DEL VINO

La vitivinicultura es una de las actividades económicas de mayor tradición en El Puerto de Santa María, siendo un periodo importante en el cambio de la vitivinicultura tradicional a la agroindustria vinatera moderna, paso que tuvo lugar entre mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX, consistente en la sustitución de la producción y comercialización de mostos y vinos en claro de la cosecha por la de vinos envejecidos, la puesta en práctica a gran escala del peculiar sistema de criaderas y soleras para la crianza de los vinos, la constitución de nuevos tipos de empresas vinateras, el establecimiento de unas nuevas relaciones comerciales con los mercados de consumo y la construcción de grandes bodegas de envejecimiento de vinos.



Estas grandes bodegas aparecen como la manifestación más palpable del notable cambio producido entre mediados de los siglos XVIII y XIX y con el tiempo se han convertido en uno de los elementos más característicos de ls fisionomís urbana de la ciudad. Constructivamente este nuevo tipo de bodega se caracteriza por su monumentalidad. Se trata de bodegas de varias naves, separadas por pilares sobre los que se levantan arquerías y sostienen techos a dos aguas. Su amplitud, diafanidad y esbeltez les ha valido el sobrenombre de "Catedrales del Vino". Todo está pensado en nuestras bodegas, hasta los más mínimos detalles. La orientación de los edificios busca el generoso influjo del viento de poniente y la menor incidencia solar. 
 

El grosor de los muros, el encalado exterior de los mismos, la cubierta de las tejas, son técnicas de aislamiento térmico y acústico. Las ventanas se sitúan a gran altura para mantener el aire húmedo en el interior. Pero en las fachadas orientadas al Sur, las de mayor incidencia solar, se procura no abrir huecos ni puertas ni ventanas y si las hay se cubren de celosías de madera y esterones de espartos a fin de evitar que entre por ellas el sol. Si es preciso, se adosan porches a estas fachadas. Parte de los suelos son de albero para que pueda ser regados con agua.

Mediante estas características constructivas se procura mantener una tempertatura y humedad relativa constantes, imprescindibles para la crianza de los vinos de la zona, especialmente para el Fino, vino de crianza biológica bajo velo de flor cuyas levaduras, enormemente sensibles, exigen un microclima determinado: en torno a 22 grados centígrados de temperatura y una humedad relativa de alrededor del 60 al 70 por ciento.


El emplazamiento de las bodegas es igualmente importante para conseguir este microclima necesario. La cercanía a mar y a ríos y la exposición directa a las brisas marinas son factores muy esenciales.  

Las condiciones de que goza El Puerto de Santa María al respecto son ideales: su situación costera y su emplazamiento a nivel del mar permite que las brisas marinas alcancen los pagos vitícolas de su término y le confiera a sus mostos características singulares de sabor y fragancia. Ademas la crianza de estos mostos, hasta hacerse vinos, en bodegas situadas en el casco urbano portuense, flanqueado por el Río Guadalete al este y por el Océano Atlántico al sur completa la labor. Ésta es la razón de que El Vino Fino de El Puerto esté preñado de influjos marinos de la cepa a la copa.

Estilísticamente , las bodegas de nuestra zona son neoclásicas, como evidencian sus simples y elegantes fachadas. 

Conviene precisar que este nuevo tipo de bodega no sólo no acaba con el antiguo, más pequeño o de techo plano o a un agua, sino que convive con él e incluso la fomenta, dado el auge de la actividad vitivinícola entre los siglos XVIII y XX.

Por esta razón, en El Puerto se conservan magníficos ejemplares de bodegas pequeñas (Obregón), medianas (Grant, Gutierrez Colosía y 501 del Puerto) y grandes (Luis Caballero, Osborne y Terry). Cada una posee sus peculiaridades y todas tienen sus encantos.
 

 Javier Maldonado Rosso
Director del Centro Municipal del Patrimonio Histórico
de El Puerto de Santa María